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martes, noviembre 12, 2019
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Crianza: Cada acción en el momento oportuno

Es fundamental que sus hijos entiendan que hay consecuencias naturales y lógicas de cada acto y, como padres, nunca perder la cabeza 🤯.

Las consecuencias naturales son efectivas en la búsqueda de un objetivo de aprendizaje, y resultan positivas al permitirles a los hijos experimentar situaciones que no requieren ser provocadas por los padres, pero que tienen buen efecto en el desarrollo de la responsabilidad.

Todo parte de entender que comprender a los hijos implica crear con ellos un vínculo emocional fuerte con valores que enmarquen el comportamiento como la confianza, el respeto, la honestidad y la capacidad para escuchar.

También, evaluar cada caso y dejar que fluya hasta cierto punto, para que nuestro hijo comprenda y aprenda los resultados lógicos o las consecuencias de sus acciones.

No intentemos ser padres perfectos porque podemos caer en la sobreprotección. Evaluando riesgos, resulta positivo dejar que ellos experimenten las consecuencias de sus comportamientos y decisiones. Esto permite que desarrollen su responsabilidad.

Así mismo, demanda que como padres tengamos la capacidad de autocontrol suficiente en casos donde una acción (amonestación, sanción) se deba aplazar hasta estar seguros, y evitar actuar con irascibilidad y marcada agresión hacia los hijos, lo cual provocaría un efecto contrario con sentimientos de culpa, deseos de venganza y resentimiento. Para ello, debemos:

  1. Entender y legitimar las emociones que están en la base de los comportamientos de nuestros hijos, tanto las que están en él como las que se generan a partir de la forma como se reacciona al comportamiento de un niño. Una cosa es el comportamiento y otra las emociones que se generan en la interacción con los hijos.

 

  1. Ser firmes y compasivos. Los padres al actuar frente a los hijos y dar indicaciones podemos cumplir con ambas condiciones, firmeza y bondad. Lo importante es estar convencido internamente de que la firmeza se relaciona con la importancia de tener unos límites consistentes que denotan el afecto, la preocupación y el cuidado por ellos.

 

La firmeza se confunde, muchas veces, con ser estricto y severo.  No son lo mismo. Ser estricto en exceso marca negativamente al niño, mientras la firmeza fomenta la seguridad y la consistencia del adulto al dar las indicaciones. Por ejemplo, si el niño quiere que un amigo suyo se quede a dormir en su casa una noche, se le debe fijar una hora para ir a la cama, basada en un rango de tiempo más amplio de lo usual, para facilitar el cumplimiento. Esto es flexibilidad, sin relajar excesivamente una norma.  

 

  1. No intentar ser padres perfectos ni excesivamente controladores. Debemos evitar sobreproteger y, en cambio, dejar que ellos experimenten las consecuencias naturales de sus comportamientos y de sus propias decisiones, obviamente en actividades o situaciones que no sean riesgosas. Esto permite que desarrollen responsabilidad y que aprendan de sus errores. Ser un guía, establecer control moderado y permitir que los hijos opinen y hagan sugerencias, establece un buen clima democrático.

 

  1. Estar atentos a que nuestras acciones sean consistentes con base en el previo conocimiento que los niños deben tener de lo que se les permite y lo que no deben hacer. Comunicarles claramente y de manera precisa los comportamientos que se esperan de ellos, tanto con la actitud como con el tono de voz y que esto, a su vez, esté acorde con las consecuencias lógicas por no cumplir.

 

  1. Fomentar la independencia y la autonomía de acuerdo con la edad. Esto prepara a los niños para ser más independientes, responsables y competentes. Por ejemplo, si el niño quiere intentar dar una ‘vuelta canela’, apoyarlo aunque pensemos que no va a lograrlo o que le resultará difícil.

 

  1. Evitar la lástima y la sobreprotección. Muchos padres sobreprotegen a sus hijos frente a responsabilidades que deben tener porque experimentan un sentimiento de pesar, sin darse cuenta de que esta actitud es perjudicial para el niño, porque le impide aprender a manejar sus propios problemas y confiar en sus capacidades.

 

La sobreprotección puede servir únicamente para que los padres inseguros se sientan más fuertes y menos culpables. Muchas veces confundimos la lástima con la empatía, dado el amor que los hijos suscitan, pues les queremos mostrar que comprendemos sus sentimientos y los amamos. Tengamos presente que la empatía promueve la fortaleza, mientras que la lástima promueve la debilidad.

 

  1. No tengamos tanto en cuenta lo que las otras personas piensan. Muchos padres vacilan en permitirle a los hijos que asuman las consecuencias de sus comportamientos por temor a la desaprobación de otros familiares o amigos. Olvidamos que la ‘sanción social’ es una consecuencia natural muy valiosa y puede tener efecto positivo para eliminar conductas indeseadas.

 

  1. No asumamos como propios algunos problemas que son solamente de los niños. Mantengámonos al margen para poder definir de quién es dicho problema, que se apropie de él y enfrente las consecuencias.

 

Permitamos que los niños compartan las responsabilidades. Evitemos encontrar el culpable, porque esto solo aumenta la rivalidad entre ellos. Por ejemplo, si les permitimos llevar comida a la sala de televisión, con la condición de que deben responsabilizarse de regresar todo a la cocina y dejar los utensilios limpios, y no lo hacen, podemos decidir que al día siguiente no llevarán nada y que entre ellos hagan los acuerdos necesarios para recobrar este privilegio

 

  1. Hablemos menos y actuemos más. Hablar y teorizar en exceso, sin darnos cuenta, ocasiona que los niños bloqueen su capacidad para escuchar y terminen por hacer caso omiso de las indicaciones de los padres. Conversar con ellos en términos amigables y precisos permite que escuchen con más atención. Aceptar y usar las consecuencias lógicas reduce la cantaleta a su mínimo y lleva a la acción.

 

  1. Evitemos pelear o ceder sin una razón. Establezcamos el límite y permitamos que el niño decida cómo va a responder. Y si lo requiere, démosle la ayuda para calcular las consecuencias o efectos de su decisión. Pero, igualmente, debemos estar en condiciones de aceptar algunas opiniones y hasta decisiones de nuestros hijos, porque no estamos en una competencia; somos los líderes en un proceso evolutivo, de aprendizaje y crecimiento.

 

El objetivo es ayudar a nuestros hijos a hacerse responsables de su propio comportamiento. Por ejemplo, si fue invitado a casa de un amigo a ver una película el sábado en la tarde, podemos decirle que sí, siempre y cuando termine sus deberes escolares a tiempo. Llegada la hora del plan con su amigo y si no ha hecho sus tareas, esto supone que él mismo tomó la decisión de no ir al cine, al no cumplir con su compromiso de hacer las tareas.

Escrito por las doctoras Lucía Vargas Posada y Lucy Beltrán Juyar

Psicología clínica de niños y familia

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