viernes, julio 19, 2019
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Fernando Sánchez Torres: el artista detrás del científico

Protagonista de la historia reciente de la medicina en Colombia y pintor consumado. Es amigo de la sencillez, de la cultura colombiana y de los que no duermen sin soñar.

El encuentro ocurrió en medio de la lluvia que muchos detestaban por esos días debido a los sucesos desoladores de Mocoa y Manizales. El frío era intenso, pero dentro de su casa el aire era cálido e inmaculado. Lo descubrí inmerso en la lectura; retiró sus lentes para mostrar sus ojos despiertos. Es un hombre que concilia su carácter activo con la clásica paciencia de un buen académico. Tras el cruce de unas palabras, queda al descubierto un hombre aplomado, sencillo, amable y sensato, que agradece el camino que ha recorrido. Dice que muchos de su logros se deben a que es un ser ponderado, responsable, disciplinado, persistente y hasta obstinado. El deseo de ser médico estaba incrustado en su mente desde su infancia, que por cierto, estuvo marcada por la pintura, la literatura y la música en las tranquilas calles por esa época del céntrico barrio San Bernardo, en el corazón de Bogotá. Fue un joven bohemio y soñador. Siempre pensó que si no era admitido para estudiar medicina en la Universidad Nacional dedicaría su vida al arte. De ahí que durante su actividad profesional se sintiera un pintor frustrado. Obtuvo el título de médico cirujano de la Universidad Nacional de Colombia, en 1954. Ese mismo año lo eligieron presidente de la Federación Médica Estudiantil y su rumbo quedó trazado. En 1959 terminó la especialización en ginecoobstetricia en la misma universidad. Más adelante fue profesor titular emérito y honorario de su alma mater. Aprendió a saber prescindir de ciertas ita con: influencias o padrinazgos que lo hubieran llevado a posiciones incompatibles para poder realizarse profesionalmente. Llegó a ser decano de la facultad de medicina; luego rector de la Universidad Nacional y miembro del Consejo Superior Universitario como representante de los profesores, de los exalumnos y de los exrectores. Cuenta dentro de sus anécdotas que tres de sus hijas se presentaron para estudiar en la Universidad durante su rectoría, pero ninguna fue admitida. Nunca aprendió a utilizar su influencia para obtener favores; por eso, duerme en paz. Como director del Hospital San Juan de Dios y del Instituto Materno Infantil reconoció la humildad como una característica de la ciencia. Piensa que hay que desconfiar de quienes creen saberlo todo porque la persona que de verdad sabe rara vez lo pregona. Convencido de que la medicina es una vocación tocada por el humanismo, dice que es preciso identificar el instante de la vida en que se hace imprescindible hurgar y hallar la manera de comprender a los congéneres. Eso lo llevó a fundar y a dirigir el Instituto Colombiano de Estudios Bioéticos, ICEB, en 1986. En su hoja de vida aparecen otros cargos como consultor de la Organización Panamericana de la Salud (OPS); jefe de la División de Educación Médica de la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina; presidente del Tribunal Nacional de Ética Médica; presidente de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente; presidente del Club Médico y presidente del Consejero Superior de la Universidad Central. Su nombre aparece en diversidad de artículos científicos en revistas nacionales y extranjeras, ha escrito más de diez libros en los cuales combina el conocimiento científico con la filosofía, y tiene una columna quincenal desde hace más de 20 años en el diario El Tiempo. Recibió el Premio Nacional de Medicina Federico Lleras Acosta; las distinciones de Maestro de la Ginecoobstetricia Latinoamericana, Excelencia de la Medicina Colombiana y Excelencia Nacional al Mérito Profesional en Ciencias de la vida. Bajo su presidencia en la Academia Nacional de Medicina, en 2012, se conformó la Gran Junta Médica Nacional para diseñar y hacer aprobar la Ley Estatutaria de Salud. Recuperar el médico de familia A base de esfuerzo paulatino percibió lo que le ha permitido aprender a olvidarse de sí mismo y ver la riqueza imponderable que hay en cada colombiano. Atribuye su habilidad para ser el primero en todo al trabajo y la perseverancia, dos cualidades que calcó del histólogo español Ramón y Cajal, Premio Nobel de medicina en 1906. Si volviera a tener 20 años, seguro estudiaría medicina de nuevo. “Cada época produce el médico que la sociedad necesita, pero ese médico debe tener unos fundamentos que son atemporales y un concepto claro de su misión: el llamado interior a servir”, comenta. Cuando una de sus hijas manifestó su deseo de estudiar medicina, tomó prestada la recomendación del médico suizo Jacob Laurenz Sonderegger, citada por Kurt Pollak en su libro La medicina: “No aconsejes a nadie que se haga médico. Si, no obstante, él (o ella) quiere serlo, hazle insistentes e incisivas advertencias, pero cuando él (o ella) se empeñe a pesar de todo, dale tu bendición, pues por poco que valga la necesitará”.

 

Es cuestión de que el gobierno ponga en marcha el sistema de salud plasmado en la estatutaria. “El desbarajuste del sistema de salud ha contribuido a que la formación de los médicos sea deficiente. Existen 62 facultades de medicina en todo el país y 91 mil médicos, de los cuales 26 mil son especialistas. Al medirnos con los parámetros de la Organización Mundial de la Salud (OMS), es cierto que hay un déficit de médicos generales y especialistas, que además están mal distribuidos en el territorio nacional”, dice. Eso no es lo más preocupante, continúa. “El ejercicio médico se ha especializado en exceso. El recién graduado se ve obligado a entrar a la residencia para poder subsistir y tener algún valor dentro de la sociedad. El sistema anuló al médico general; por eso, consultas tan elementales como una tos o un brote son remitidas directamente al especialista, neumólogo o dermatólogo, respectivamente”. No hay verdades que duren para siempre y en medicina el conocimiento se renueva periódicamente. Por lo tanto, el doctor Sánchez dice que se está en mora de volcar la atención hacia los médicos generales para brindarles la formación y el reconocimiento que requieren. “Las facultades pueden ampliar el entrenamiento al médico general para convertirlo en un médico especial (no especialista) que esté en capacidad de resolver la mayoría de las consultas. Es la única forma de mejorar la atención en salud y comenzar a construir un modelo cuya base sea la prevención de la enfermedad. Los médicos generales deben ser los verdaderos cuidadores de la salud de los colombianos”, señala. Un gran pintor a ciencia cierta Clausuró su consultorio un día cualquiera entrando a la década de los 90. Al siguiente amanecer ya tenía su propio profesor de pintura. Desde entonces no ha soltado los pinceles. Sabía que debía hacer lo que fuera necesario para descubrir de verdad aquello que le importaba: atrapar eso que podía escarbar, penetrar y apropiárselo. No resultó fácil. Mozart lo halló a los cinco años. Él se hizo uno de los mejores retratistas después de los 60. Dentro de sus últimas producciones están los retratos del presidente Juan Manuel Santos, el ministro Alejandro Gaviria y la exdirectora de la Organización Panamericana de la Salud, Mirta Roses Periago, cuadro que ahora se encuentra exhibido en la galería de la OPS en Washington. No aceptó la reelección presidencial en la Academia Nacional de Medicina porque quería adentrarse de manera perenne en la actividad silenciosa del arte. Interrumpe con una frase del español Gregorio Marañón, médico endocrinólogo y humanista: Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir, y no dormir sin soñar. Solo cree que hay una vida antes de la muerte. Llegó al ocaso de sus días sin poder imaginar a un ser superior, hecho a la imagen y semejanza del hombre, que le mostrara el camino del bien y del mal. Sin embargo, ha buscado trascender con sus acciones y su ejemplo. Siente que ha sido un buen ser humano, no por tratar de llegar al cielo, sino por profundo respeto hacia la vida, la humanidad y la evolución misma. “Todo colombiano debería pensar en la forma de colaborar para que el país sea mejor, por convicción y no por obligación”, dice. Es un completo enamorado del silencio, su cómplice en sus constantes noches de insomnio. Así escribió Meditaciones de un Octogenario. Recuerda que tiene 86 años, aunque a veces cree que son menos. Está próximo a cumplir 60 años de casado con Yoheta Vargas, una enfermera a quien supo conquistar en el Materno Infantil, y con quien tuvo seis hijas. Es abuelo de diez nietos y, pese a los quebrantos de salud, es feliz. Está convencido de que vamos hacia un país cada vez mejor. “Los colombianos tenemos todo el derecho del mundo a ser felices”, asegura en una explosión emocional genuina. Solo espera que la vida le alcance para escribir sus meditaciones a los 90 años, disfrutar de muchas más reuniones en familia y terminar algunos cuadros que están en su lista de espera.